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Cómo la poesía puede liberar la mente de un prisionero

«Se dice que para ser poeta hay que ir al infierno y volver», dice Cristina Domenech, que enseña poesía a los presos. «Tienen mucho infierno», dice. «Mucho infierno». Domenech (TEDxRiodelaPlata talk: Poesía que libera el alma) dirige un taller de escritura de poesía para los internos de la Unidad 48 de la penitenciaría de Buenos Aires, Argentina. Los prisioneros son ávidos estudiantes de poesía, dice, precisamente porque la autoexpresión es tan poco practicada detrás de las rejas. Les ayuda a abrirse a sus experiencias y a encontrar una salida psíquica a su encierro a través de la libertad de la palabra escrita.

La poesía es una salida para los pensamientos no expresados. Domenech se preguntó por qué los prisioneros querían asistir a una clase de escritura en primer lugar, así que les preguntó. «Me dijeron que querían poner en el papel todo lo que no podían decir y hacer», recuerda. Las restricciones a las que se referían no eran sólo físicas, aprendió, sino también psicológicas. «En la cárcel, no puedes soñar», dice. «En la prisión, no puedes llorar. Hay palabras que están virtualmente prohibidas, como la palabra ‘tiempo’, la palabra ‘futuro’, la palabra ‘deseo'». En esos pensamientos sofocados, Doménech vio las materias primas para la poesía. «Les di un momento de silencio, y luego dije: ‘Eso es lo que es la poesía, chicos. Es en este universo de prisión que tienes a tu alrededor. Todo lo que dices sobre cómo nunca duermes, emana miedo. Todas las cosas que no están escritas, todo eso es poesía». Sólo había una trampa. «Nadie tenía ni idea de lo que era realmente la poesía».

Escribir poesía, leer, leer y leer un poco más. Domenech asignó a los prisioneros un régimen constante de lecturas. Comenzaron con poemas cortos, que Domenech seleccionó para mostrar cómo unas pocas palabras podían alterar sus perspectivas. «Al leer estos poemas cortos, todos comenzaron a darse cuenta de que lo que el lenguaje poético hacía era romper una cierta lógica y crear otro sistema. Romper la lógica del lenguaje también rompe la lógica del sistema bajo el cual han aprendido a responder.» Sus estudiantes se dieron cuenta de que ellos también podían romper la lógica tácita del sistema penitenciario, que los había condicionado a un estado de silencio acobardado. «Así que apareció un nuevo sistema», dice Doménech, «nuevas reglas que les hicieron entender muy rápidamente – muy rápidamente – que con un lenguaje poético serían capaces de decir absolutamente lo que quisieran».

El irrefrenable placer de pensar libremente. «La libertad es posible incluso dentro de una prisión», insiste Doménech. «Los únicos barrotes que tenemos en nuestra maravillosa [aula] es la palabra ‘barrotes’.» Pero primero sus estudiantes tuvieron que buscar a tientas palabras que dieran sentido a la experiencia sin rumbo del confinamiento. «Empezamos a apropiarnos de ese infierno», dice, «Nos sumergimos, de cabeza, en el séptimo círculo. Y en ese séptimo círculo del infierno, nuestro propio y querido círculo, aprendieron que podían hacer invisibles las paredes, que podían hacer gritar las ventanas, y que podíamos escondernos dentro de las sombras.» Las palabras que encontraron dejaron atónito a Doménech. «Recuerdo un verso de un tremendo poeta, de nuestro taller de la Unidad 48, Nicolás Dorado: ‘Necesitaré un hilo infinito para coser esta enorme herida'».

En la libertad, hay dignidad. Al final de su curso, invitó a sus estudiantes a leer sus poemas en voz alta a una reunión de reclusos, familiares y amigos. Fue un momento muy emotivo. «Esos hombres, algunos de ellos simplemente enormes cuando estaban de pie junto a mí, o los jóvenes – tan jóvenes, pero con un enorme orgullo – sostenían sus papeles y temblaban como niños pequeños y sudaban, y leían sus poemas con sus voces completamente rotas», dice Domenech. «Lo que veo semana tras semana, es cómo se están convirtiendo en personas diferentes; cómo se están transformando. Cómo las palabras les dan una dignidad que nunca habían conocido, que ni siquiera podían imaginar. No tenían ni idea de que tal dignidad pudiera venir de ellos».